El hábito de correr cuando la lluvia se asoma: Comunidades de Maracaibo temen inundaciones por colapso de cañadas  

El hábito de correr cuando la lluvia se asoma: Comunidades de Maracaibo temen inundaciones por colapso de cañadas


Fuente preferida Cotejo

Por Gustavo Ocando Alex. Especial desde el estado Zulia.

  • Las cañadas que rodean las comunidades empobrecidas del norte de Maracaibo están tan tapiadas que se desbordan enseguida que caen lluvias fuertes. Vecinos dicen vivir en zozobra, teniendo que elevar enseres y muebles para evitar que se mojen cuando el agua inunda sus hogares

Una extensa piscina de agua de lluvia se mezcla con líquidos residuales putrefactos a las espaldas de Eneida Ortega, residente del barrio Altos de Milagro Norte de Maracaibo. Con sumo cuidado, la señora, en sus 60 años, tira de un carrito donde guarda sus víveres, procurando no tocar la inmundicia que reina en el suelo. 

“Necesitamos que nos ayuden”, clama, dirigiéndose a autoridades como el gobernador zuliano Luis Caldera, el alcalde Gian Carlo Di Martino, concejales o cualquier alma con poder que pueda asistir a su barriada tras el chaparrón que cayó en la ciudad a finales de julio rebosando callejuelas y viviendas en su comunidad. 

“Todo esto fue una inundación, a todas las casas se metió el agua”, afirma con claro acento marabino, señalando con su mano un sitio donde se han juntado aguas, matorrales y escombros de construcciones viejas en plena carretera. En la mayoría de sus partes, ya no se ve arena, solo charcos de aguas que nadie quiere pisar. 

La noche del 26 de julio, una lluvia copiosa con vientos feroces cayó en Maracaibo y sus derredores. Poco más de 3 horas bastaron para inundar calles, avenidas y vecindades, colapsando el tránsito y derribando árboles, semáforos y vallas publicitarias.  

También, las lluvias provocadas por la onda tropical número 30 de la temporada anegaron decenas de viviendas en las zonas residenciales cercanas a las orillas del Lago de Maracaibo, como ocurrió en Altos de Milagro Norte.

Eneida Ortega recuerda las inundaciones en su sector y teme cada vez que llueve. Cortesía: Oswaldo Díaz

“Fue un desastre”, describe Ortega, antes de reanudar su paso hacia un lugar menos inundado de su barrio. 

Autoridades como el gobernador Caldera y el alcalde Di Martino informaron sobre la activación de un plan de emergencia bautizado como el “sistema de gestión de riesgo” para atender las consecuencias sociales de las lluvias no sólo en la capital zuliana, sino en otras zonas pobladas, como la Guajira y la Costa Oriental del Lago. 

De acuerdo con Caldera, cercano colaborador del gobierno venezolano y dirigente regional del chavismo desde sus tiempos como alcalde de Mara, las obras preventivas de su despacho permitieron que los sistemas de drenaje de ciudades como Maracaibo operaran de forma “favorable”, evitando males mayores. 

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El chubasco de esa noche de finales de julio trajo consigo 135 milímetros de agua por metro en la zona norte de Maracaibo, con vientos de hasta 87 kilómetros por hora, precisó el presidente del Instituto Municipal de Aseo Urbano (IMAU), Joemel Robles.  

Se trató de una cantidad inesperada por las autoridades, dijo. Fueron casi 4 horas continuas de lluvia, según los voceros de la alcaldía marabina, que calificaron las afectaciones por las fuertes precipitaciones como “menores”.

Cañada obstruida, inundación probable

En Zulia, donde más de la mitad de sus 21 municipios comparten costas con el Lago de Maracaibo, el más extenso de todas las Américas, es una norma aprendida durante décadas que el impacto de los chubascos de cada temporada en las comunidades, muchas de ellas empobrecidas y todavía con carreteras de arena, dependerá esencialmente de dos factores: de la cantidad de agua que caiga; y de la limpieza de cañadas y drenajes en poblados de una región donde, además, el sol incandescente suele favorecer el secado fugaz de los espacios inundados. 

El balance oficial indicó que las ciudades más perjudicadas por las lluvias de finales de julio fueron Maracaibo, San Francisco –vecina de la capital-, La Cañada de Urdaneta, Cabimas y Mara, un poblado fronterizo anteriormente gobernado por Caldera. De acuerdo con el funcionario regional, unos 250 trabajadores salieron a limpiar las calles de Maracaibo y otros 132 hicieron lo propio “en otras zonas”. 

La versión oficial es que los drenajes funcionaron correctamente y que los equipos de la gobernación zuliana hicieron “un repaso” a las cañadas de la apodada Tierra del Sol Amada para “dejar libres los cauces naturales”.  

Residentes de Altos de Milagro Norte y las barriadas colindantes, sin embargo, acotan que la amplísima cañada que bordea sus calles principales está tapiada, no ha sido limpiada profundamente por años y temen por lluvias futuras. 

La alcaldía de Maracaibo informó en abril que desplegó maquinaria pesada, incluyendo un jumbo de brazo largo, para “intervenir sectores históricamente desatendidos”, en tramos “críticos” como las cañadas Morillo, Los Caribes y Fénix. 

En la parroquia Coquivacoa, donde están Altos de Milagro Norte, Los Pescadores y Reyes Magos, dijo haber activado cuadrillas de trabajadores de limpieza para “remover sedimentos y desechos acumulados” en el sector Rincón de Mangle.

El temor a otra vaguada

Hace 6 años, entre la noche del 17 y la madrugada del 18 de noviembre de 2020, llovió tanto en Maracaibo que el agua superó el metro de altura en algunas de las 25 comunidades perjudicadas, según el entonces alcalde Willy Casanova.  

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El nivel de agua que cayó por aquella onda tropical, la número 63 de ese año, de acuerdo con registros oficiales, fue hasta 9 veces superior a la caída en julio pasado. 

En 2010, hubo varias semanas de lluvias continuas en lo que se llamó “La Gran Vaguada” entre noviembre y diciembre de ese año, que causó que miles de familias quedaran damnificadas y perdieran sus enseres.  

Episodios de intensas lluvias habían ocurrido en 2005 y 2008, pero jamás generando el desbordamiento de las 12 cuencas urbanas principales, como ocurrió entonces, hace 16 años. 

El temor de una situación similar -o peor- es común en vecindades del norte de Maracaibo, como Altos de Milagro Norte. Basta que sus residentes sientan el más mínimo “vientecito” que avisa una posible lluvia para verlos corriendo a levantar, apresurados, neveras, camas y colchones sobre cavas de cervezas, bloques o piedras para evitar que se mojen si se inundan, precisa Yebreily Oliva, cuya cerca de su vivienda se desplomó por la caída de varios árboles en el último chubasco. 

No sólo se dañan sus enseres por las cañadas “tapadas”, dice. “Muchos niños están enfermos por picadas de mosquitos” por el agua acumulada, afirma.  

Cloacas desbordabas se unen con las inundaciones en las calles de Maracaibo. Cortesía: Oswaldo Díaz

“Una vez a la semana, llega el (servicio de) agua y se desbordan las cloacas. Las calles están horribles. Frente al ambulatorio, no se puede pasar por el mal olor”, complementa. 

Olivares explica que ellos mismos apodan sarcásticamente a su comunidad “el barrio El Olvido”, por los muchos años que llevan esperando por una limpieza eficiente de sus cañadas y la solución definitiva de sus servicios públicos.  

En su entrada principal, hay dos viejas montañas de arenas y escombros que trabajadores de algún gobierno antiguo dejaron allí a la espera de una maquinaria pesada ideal para descongestionar los cauces de la vecindad –nunca llegó-.

“Después quieren venir a traernos colchonetas”

Oswaldo “El Topo” Díaz es un dirigente social de la comunidad que dice vivir en ella desde que era “un jagüey”, hace unos 60 años. Culpa a las autoridades de no recorrer la barriada sino “cuando necesitan el voto” en tiempos electorales. 

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«Perdemos lo poco que tenemos cuando llueve” y se desbordan las cañadas colindantes, remarca, exigiendo que una comisión de Protección Civil vaya a su barrio para certificar los riesgos antes de que ocurra una tragedia, como en 2010.  

Como sus vecinos, exige el dragado y embaulamiento de las quebradas. Entre ellos, hay quienes admiten que algunos lanzan todo tipo de desechos a las cañadas, incluso muebles viejos, condenándolas aún más tras años de olvido. 

“Después quieren venir a traernos colchonetas y decirnos ‘vamos a solucionar’. No te imaginas la cantidad de serpientes y hasta babillas (pequeños caimanes) que salen de esas cañadas” cuando la lluvia arrecia y las desbordan, denuncia Díaz. 

De momento, las autoridades en Zulia se muestran satisfechas con sus trabajos preventivos en plena temporada de lluvia. Sus reportes hablan de balances positivos y de tragedias evitadas. La alcaldía marabina mostró en los primeros días de agosto a uno de sus operarios de maquinaria pesada tipo jumbo limpiando con su brazo una de las secciones de la cañada de las barriadas del norte de la ciudad. 

Son trabajos de “limpieza y canalización” del llamado Rincón del Mangle, que “nunca se había saneado” como este mes, buscando acabar con “el tapón” que ocasiona las inundaciones de las vecindades cuando llueve, de acuerdo con el encargado del Instituto Municipal de Ambiente, Janner Pérez.  

En las imágenes difundidas por la institución, pueden verse montañas de basura, troncos y múltiples desechos acumulados tanto a orillas como dentro de la cañada. 

A pesar del inicio de esas limpiezas, en Altos de Milagro Norte, vecino de otras grandes barriadas como Los Pescadores y Reyes Magos, no se confían. 

Deiby Soto, una de sus cientos de habitantes, cuenta que está consciente de haber comprado un terreno para construir su vivienda en una “zona de riesgo”, en la que dice “padecer mucho” cada vez que se desbordan las aguas de las cañadas cercanas, generalmente corriendo hasta su patio, inundándolo.  

Si llueve mucho, como en julio, el pequeño muro en la entrada de su cocina es insuficiente. Entonces, es hora de activar el protocolo desesperado de tratar de salvar ropas, enseres y electrodomésticos: mientras más alto, mejor protegidos.  

“Tenemos todo levantado, comenzamos a subir los colchones y la ropa”, apunta.  

Hace 6 años, debió abandonar su casa junto a su familia cuando la lluvia fue tan inclementemente fuerte y sostenida que el agua llegaba al nivel de su cintura. “Fue tan rápido que no nos dio tiempo de sacar nada” de su vivienda, recuerda. 

Dice vivir en zozobra. «Comienza uno a desesperarse cuando viene la lluvia”.

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